Siempre encerrada en su jaula de oro, ordenando y limpiando esa ermita para el ser de su devoción. No había día que se le pasase algo; pulía pisos, muebles y mármoles con la destreza de un profesional, tantos años haciendo lo mismo le habían convertido en la mejor.
Vivía en una especie de departamento subterráneo, cubierto en tinieblas debido a la falta del astro rey. Sólo una persona como ella, que vivía tanto tiempo en aquel lugar, podría ser capaz de desplazarse con tanta maestría entre los enseres imperceptibles para el ojo humano común.
Su piel era pálida, casi transparente, con un cuerpecillo frágil que le brindaba una apariencia de adolescente perpetua, una de formas delicadas y finos trazos en su faz.
Se desplazaba dentro del recinto llevando una tela para protegerse de las ráfagas invisibles de frío que azoraban las noches y una melena color oro que podría tocar el piso.
Al inicio cuando recién llegó tuvo miedo, los sonidos se escuchaban más alto de lo normal, aullidos, el crujir de las hojas y el simple frotamiento de los grillos en las noches, se convertían en fantasmas invisibles dispuestos a ir al asecho. Estaba sola en la oscuridad, con frío y miedo, se sentía estar a punto de desplomarse, pero prefería estar allí que en ese lugar que solía decir era su “casa”.
Él, su señor, se presentó cuando todo su mundo estaba sumergido en las profundidades de la soledad, le dio su protección, le ofreció comida, para ella fue como su salvador, nunca supo quien la trajo hasta ese lugar solo que un día pasó de su escuela a aquel paraje ignoto. Su presencia le brindaba tranquilidad, sus caricias le hacían sentir la persona más feliz del mundo, felicidad que duraba mientras él estuviese con ella y se esfumaba al despertar.
Debajo de sus ojos estaban dibujados unos surcos, productos del pasado, y el presente, de la felicidad efímera, de la tristeza eterna, de aquel ser que se entregó en cuerpo y alma a su salvador, logrando ver la luz cuando lo sentía dentro.
Luego se iba y ella esperaba que volviese a guiarla a través de aquellos campos conocidos en un lejano ayer violentamente, pero recorridos en el ahora con intensidad.
A veces intentaba ella misma recorrer aquellas zonas tan bien conocidas, pero no sabía si ello estaba bien. Su única misión era servir a aquel que al entrar iluminaba por completo la habitación, tanto que sus ojos ya acostumbrados a ver en la oscuridad se entrecerraban, y entregársele por completo, para que llenase por un momento el vacío dentro de ella y la hiciese sentirse viva, sentir su respiración, su cuerpo, su tacto ya acostumbrado al frío mármol que cubría el lugar.
Se ganó su confianza con una sola muestra de afecto, se gano su devoción a lo largo de sus visitas, su vida estaba convertida en una especie de ensueño donde sólo pensaba en como hacerle feliz, en donde todo pasaba automáticamente, hasta el momento en que él regresase.
Nunca supo realmente su rostro, pero tenía una imagen en su mente por el tanteo de sus manos: nariz aguileña, barba crecida, y pelo corto que se erizaba al contacto con su piel. Comía lo que él le llevaba cada dos o tres días, que aquellos eran los manjares más deliciosos del mundo, degustando bocado por bocado, mezclando los sabores en su boca y saboreándolos cada uno a su vez, mordiéndolos de a pocos y pausadamente, a un ritmo continuo, entrando en tal delirio solamente comparable al de las sacerdotisas al entablar conexiones con los habitantes del Olimpo.
Atrás habían quedado las épocas en que anhelaba escapar, por fin había encontrado un lugar donde se sentía protegida, querida, donde ya nadie le miraba ni hablaba a sus espaldas, un sitio en el cual no tenía temor que alguien le embistiera por la espalda. Atrás quedaban los tiempos donde en una casa de esteras un padre abusador y una madre sumisa, protagonizaban cada día espectáculos dantescos los cuales ni siquiera quería recordar, dentro de un barrio lleno de gente hipócrita que veía mal, comentaba mal, pero nunca denunciaba lo malo.
Pasó un tiempo largo y él ya no llegaba, un día escucho unos pasos pero nadie entró, solo pudo ver como aparecía un halillo de luz que iluminaba parte de la estancia, siguió el rastro de aquella lucecilla hasta llegar a su origen allí se topó con una manija, la abrió y pudo sentir el primer contacto directo de su piel con el exterior después de tanto tiempo. El viento, la luz, el sol, ver las hojas, los colores, ya no estar sumergido en un blanco y negro y que los pájaros revoloteen a su alrededor fue algo…aterrador.
Cerró la puerta de inmediato, aún con el corazón en el pecho, su piel le ardía, todavía podía sentir como aquellos seres emplumados infernales querían hacerle daño con su filudos picos, y eso colores chillones que casi la volvían ciega, definitivamente nunca iría afuera no mientras estuviese el halo de luz infernal.
Siguieron pasando los días sus señor no llegaba, un día cuando el estomago rugía de dolor por la falta de alimento esperó a que la luz desapareciese y se atrevió a abrir de nuevo la puerta. Salió unos cuantos pasos con miedo, el suelo era húmedo, fangoso con piedrecillas que le hacían daño a su piel; se adentró dentro del bosque el cual conocía solo por sus sonidos y trato de olisquear si había algún fruto cerca, hasta que halló un par, los recogió y volvió rápidamente a su “hogar”.
Y así hizo el resto de sus días encerrada en aquel lugar, solamente desplazándose entre los bosques para tener algo que comer, y regresando a cumplir el mismo rito que hacía cuando esperaba a su amo. Pulía pisos, muebles y mármoles con la destreza de un profesional, esperando su llegada en ese mundo sin color, la llegada de aquel ser que le enseñó lo que en su ilusorio mundo era la felicidad.
